
jueves, 17 de febrero de 2011
EL LLANTO

viernes, 4 de febrero de 2011
MÁS TECNOLOGÍA -- MENOS COMUNICACIÓN
Me sorprende tanto como la tecnología ha llegado un poco a inutilizar la inteligencia del hombre y su capacidad para poder entablar relaciones interpersonales.
A veces pienso que es una maravilla tantos avances tecnológicos, pero a la vez considero que echan a perder tantos aspectos bonitos que antes disfrutábamos sanamente, como por ejemplo el salir e ir de paseo con toda la familia, conversando, riendo, hasta cantando durante el viaje; lamentablemente esta magia se ha perdido ¿Por qué? Bueno, voy a dibujar una típica escena de un grupo de personas que viajan en un carro hacia cualquier rumbo, sea corto o largo.
El conductor va con la vista al frente porque no le queda de otra, pero en su oído lleva un aparatito llamado “manos libres”, el cual le permite conversar por medio de su teléfono celular con tranquilidad, pues al momentito alguien lo llama, por supuesto que contesta y en lugar de decirle: “Mirá, ahorita no puedo hablarte porque voy manejando”, lo que hace es iniciar una conversación social que dura casi todo el viaje, y cuando la llamada termina, es muy probable que reciba unas cuantas más y no se trata de llamaditas cortas, no, es seguro que todo el viaje pasará socializando gracias al manos libres que le permite conversar y manejar al mismo tiempo. ¿Qué pasa con “el copiloto”? él prefiere no hablar por teléfono para estar alerta por cualquier cosa y así cumplir bien su función, entonces va feliz de la vida escuchando música con su ipod, obviamente escucha a través de unos audífonos que logran un mejor sonido para disfrutar de la música sin que nadie interfiera, si alguno de los otros pasajeros quiere preguntarle algo a esta persona, habrá que gritarle fuertemente porque si no no escucha y cuando por fin la persona hace caso, estará distraída mientras le hablan, porque estará más interesada en seguir escuchando su música que en saber lo que el otro quiere decirle. Vamos con los tres pasajeros en la parte de atrás, no faltará uno que durante todo el camino esté callado y no porque vaya durmiendo, eso ya no es tan común, seguramente estará muy entretenido y lo verán riéndose solo con todas las ocurrencias que su interlocutor del chat le estará diciendo, claro, ahora en los celulares tenemos la posibilidad de conectarnos a internet, no sólo en nuestra casa tenemos acceso a ese vicio, ahora hasta en el teléfono, es decir, podemos estar conectados durante todo el día, un gran avance que empobrece la comunicación personal y oral. Habrá otro pasajero que no encuentra a nadie conectado en el chat, entonces qué hace, pues se mete a la página del facebook, para enterarse de la vida de todos sus amigos, por esto debemos tratar de enviar solicitudes a todas las personas que podamos, así tendremos más perfiles en los cuales curiosear. De seguro, dentro de ese carro habrá alguna persona que tal vez no esté tan tecnologiquizada y no le queda de otra que ir observando por la ventana, con la esperanza de que a alguno de sus compañeros de viaje se les descargue el celular o el ipod y así poder conversar un rato.
Y es que podría dibujar muchas otras escenas donde la tecnología nos absorbe y bloquea la comunicación, por ejemplo en una casa, mientras una persona está con su mirada fija en la computadora, otra estará ceñida sentada frente al televisor, claro, como ahora tenemos la oportunidad de acceder a más de 100 canales, la mayoría internacionales, entonces somos conquistados por los programas televisivos, lo cual nos hace estar horas y horas enmudecidos e inmóviles.
No es que esté en contra de la tecnología, yo misma he caído en sus redes, pero los extremos son malos. No es posible que ahora muchas personas, para felicitar a un amigo especial, lo hagan por medio de un mensaje de texto, o inclusive para expresar un pésame; no es posible que se esté perdiendo esa comunicación tan bonita que nos heredaron nuestros abuelos. Me acuerdo cuando sie
ndo yo una niña nos conectaron por primera vez el teléfono, era una euforia por contestarlo y escuchar a la otra persona por el otro lado. Cómo es posible que incluso para jugar video juegos ya ni salir de la casa es necesario, porque se puede conectar con otras personas y jugar de manera virtual. Llegará el momento en que las clases en las escuelas sean por medio de videoconferencias y ya no haya necesidad de salir. Me aterra lo que pueda pasar con la tecnología. Me asusta que nos convirtamos en seres sin habla, sin movimiento, sin amigos, sin nada, por tanto protagonismo tecnológico que llega a “facilitar” la vida del hombre.
martes, 1 de febrero de 2011
UN TRIBUTO A UN GRAN MAESTRO
El 10 de marzo se cumple aniversario de la muerte de un maestro, un gran pianista, tutor de excelentes intérpretes que hoy en día renombran en la escena cultural costarricense, un artista que hoy sus alumnos y amigos recuerdan con mucha admiración y cariño. Como José “Chepe” Gonzáles, conocido pianista y compositor, quien recuerda con simpatía cuando a sus quince años recibió sus primeras clases de piano con don Miguel Ángel, afirma que el maestro daba la impresión de ser un hombre tremendamente severo y sí que lo era, si Chepe no llegaba con la pieza musical estudiada, simplemente don Miguel prefería no perder el tiempo y no impartir la clase hasta que viera en su alumno un avance significativo. Así era don Miguel Ángel Quesada, un maestro exigente, que para él la disciplina, el orden y la perseverancia eran aspectos claves para poder surgir en la vida. Se encerraba por horas con sus alumnos en un cuarto oscuro que olía a madera con libro, a ese cuarto donde yacía el piano de cola negro entraban sólo los más talentosos y valientes pianistas; este hombre, co-fundador en 1941 de la actual Escuela de Artes Musicales de la Universidad de Costa Rica, no toleraba nada menos que la absoluta perfección.
Don Miguel era un hombre introvertido y le incomodaban las
actividades sociales, hubo ocasiones en que recibió premios por su labor y aporte a la cultura nacional, pero era común que alguno de sus hijos retirara el premio, era una persona a la cual no le gustaba llamar la atención, a pesar de ser tan admirado por muchos artistas del medio. En una ocasión fue galardonado con el Premio Áncora y en la Universidad de Costa Rica fue Profesor Emérito.
Fue maestro de pianistas que hoy pertenecen a la cátedra de piano de la Universidad de Costa Rica y la Universidad Nacional. Cabe mencionar que el expresidente José María Figueres, siendo un niño, fue alumno suyo, por esta razón surgió una pequeña amistad entre don Miguel y el matrimonio Figueres Olsen; alguien de la familia en un momento contó que don Pepe Figueres, cuando se postulaba como presidente por segunda vez, ofreció a don Miguel Ángel ser ministro de cultura, pero tal ofrecimiento fue rechazado, era un hombre que amaba su tranquilidad en el hogar, además pensó que su timidez podía ser un obstáculo para su desempeño.
Muchos desconocen que la primera pasión de Miguel Ángel fue la pintura, él siempre decía que se había equivocado de carrera: “Yo debí haber sido pintor”, comentó en algunas ocasiones. Tenía un ángel para ese arte, su pintor favorito era Leonardo Da Vinci y no deja de haber cierta similitud entre ambos artistas; como Da Vinci, don Miguel fue un gran maestro, creativo, ingenioso, perfeccionista, serio, pero con un humor escondido, que sólo los que realmente se acercaron a él lo pudieron conocer.
Otra de las pasiones del maestro era el cine; en aquellos años cuando el cine era mudo, la música que acompañaba a las escenas de la película se tocaba en vivo, pues en el cine de Heredia, su ciudad natal, ese fue el primer trabajo de Miguel Ángel como pianista cuando era a penas un niño, Miguel tocaba el piano y su padre, don Rodolfo Quesada, dirigía y tocaba el violín.
Casi nadie sabe que su primer nombre era Otto, es decir, su nombre completo era: Otto Miguel Ángel, hace algunos años era común que las personas tuvieran más de dos nombres. Seguro sus padres sabían que tendría tres pasiones artísticas: el cine, la pintura y el piano. La primera era un placer, la segunda su pasión original y la tercera una imposición parental que terminó por ser el amor de su vida. Gustaba de Chaplin tanto como de su tocayo Buonarotti y del Maestro Claudio Arrau. Este último le escuchó y le ofreció culminar su formación en Nueva York, pero la Gran Manzana estaba a muchos dólares de distancia. Nada que este maestro no haya podido tomarse con una buena dosis de humor.
Existe una enseñanza que no podemos ignorar. Para este gran hombre el arte no era un accesorio, éste es su legado más importante. Ésta no es una herencia personal o familiar, es una enseñanza a la que debemos aprender a darle su lugar. El arte es indispensable para la sociedad, para los individuos y los colectivos. No debe ser tratado como una ‘extra’ a la que se presta atención si sobró tiempo o energía después de las ocho horas de oficina. Tampoco debe ser pensado como una simple materia extracurricular que puede ser eliminada, que carece de importancia. El arte es vida, la vida es arte. Esto don Miguel Ángel lo sabía bien, por eso dedicó su vida a enseñarlo, a disfrutarlo. Y es válido pensar que posiblemente el panorama del estudio musical en Costa Rica hubiera sido distinto, de no haber sido por él y aquellos colegas suyos que hace casi setenta años decidieron fundar lo que en ese momento llamaron el Conservatorio Nacional de la Música.
Don Miguel fue un hombre de fe, que creía en Dios. Amaba a su esposa, Aura María Chaverri, de ese matrimonio nacieron tres hijos: Lía, Francisco y Gerardo, quienes heredaron su talento y el amor por el arte. Fue un hombre de familia, siempre preocupado y pendiente del bienestar de sus seres queridos.
Podemos imaginarnos la expresión de su cara, hace ya once años cuando nos dejó y comprendió que estaba a punto de reunirse con todos aquéllos a quienes con su vida rindió constante tributo. ¡Qué cara habrá puesto cuando por fin esa reunión sucedió! Conocer a Bach, escuchar a Mozart, contarle a Saint-Säens que fue una obra suya la que le inició como concertista en nuestro Teatro Nacional. Ya los dólares no importan, tampoco un ojo de vidrio con el que tuvo que cargar después de un accidente. Sólo la tertulia, las historias, el arte. Ahí está el maestro, don Miguel Ángel, sentado en una silla con las piernas cruzadas. Ahí va él quizás buscando a Liszt, quizás a Canaletto… o haciendo reír con su humor blanco y muy feliz porque hoy se le rinde un gran tributo.
MI ABUELA
Ésta es mi abuela Aura Chaverri, de 99 años de edad, pequeñita de estatura pero con una inmensa historia guardada en lo profundo de sus pensamientos. Me conmueve tanto verla en estos momentos, con su figura caída, su expresión cabizbaja, su voz endeble y su cuerpo inestable; sentada en un sillón, tratando de incorporarse para poder ver el rostro de la gente que está a su lado.
Una mujer que siempre tuvo una energía que muchos jóvenes desearían tener; una mujer con muchas ganas de ayudar, con ansias de aprender y enseñar lo aprendido; siempre creativa e ingeniosa.
Tantos momentos hermosos que compartimos los nietos gracias a su empeño, amor y dedicación al arte.
Recuerdo esas presentaciones familiares que ella misma organizaba, nos enseñaba canciones y zarzuelas españolas, con las que nos motivaba a actuar. Aunque éramos unos niños inexpertos, nos organizaba y nos dirigía para que hiciéramos un buen papel ante los invitados, y es que no sólo trataba de que actuáramos bien, sino que también se preocupaba porque cantáramos sin desafinarnos. Recuerdo que ella misma nos hacía los vestuarios, buscaba de entre algunas cajas algunos sobros de telas, camisas y vestidos viejos y con mucho esmero se ponía a coser los trajes, era increíble su empeño para que todo saliera bien.
Además de las presentaciones familiares, ella misma nos preparaba para que cantáramos villancicos en Navidad; recuerdo que era muy estricta, era inadmisible algún tipo desafinación y no nos permitía cantar de manera nasal, era totalmente antiestético.
Le encantaba hacer manualidades, por lo que no era extraño verla trabajando en algún farol para el desfile del 14 de setiembre o haciendo casitas de cartón para su inmenso Portal, en Navidad.
Años después, cuando su cuerpo ya le impedía estar mucho tiempo de pie y sus manos no tenían la misma agilidad, empezó a tener un pasatiempo interesante: coleccionar refranes; era común verla escribiendo y leyendo en su libreta; constantemente nos llamaba para preguntarnos si habíamos encontrado alguno nuevo para la colección y a la vez nos leía los nuevos que había encontrado.
Además de ser una mujer con gran imaginación para el arte escénico, era una mujer que sabía escribir. En su casa se pueden encontrar algunos cuadernos con textos suyos, por lo general eran poemas dirigidos a alguna persona en especial. Le gustaba hablar bien de la gente y plasmarlo en escrito. Hay un hermoso poema que hace diez años ella dedicó a mi abuelo cuando falleció.
Abuela ha sido un pilar muy importante en nuestra familia. Ha sabido batallar en la vida. Hace 21 años, a sus 79 años, su salud fue sorprendida por una úlcera, la cual hizo que estuviera apunto de dejar este mundo, pero su fuerza, su confianza, su energía pudieron contra todo y por eso es que está todavía con nosotros.
Hoy la vemos y no es la misma de hace unos años, casi no habla, casi no mira a los ojos, es un cuerpecito inestable; pero dentro de ella se guardan grandes tesoros que sus hijos y nietos esperamos haber heredado, como son la sabiduría, la creatividad, la energía, el valor, la perseverancia, el respeto por los demás y por sí mismos.
Abuela, una mujer como ninguna, todavía está con nosotros, no sabemos hasta cuándo, pero confiamos en que existe alguna razón por la que ella no ha dejado esta Tierra que la vio nacer.
A continuación, poema EL TECLADO MUDO, escrito por mi abuela en el año 2000 por la muerte de mi abuelo, el pianista: Miguel Ángel Quesada
El Teclado Mudo
Por Aura María Chaverri de Quesada
Pasan meses, semanas, días, horas,
el teclado duerme, el teclado llora.
Horas de esperanza, minutos sombríos
Y las teclas negras y las teclas blancas
suspiran en silencio y melancolía.
El pentagrama ... lágrimas derrama,
callan los bemoles y los sostenidos.
Acordes, cadencias, arpegios y trinos
dejan el teclado apagado y triste…
Bajan los pedales, el forte y el piano.
El atril se inclina
y el cubreteclado de luto se viste.
Trenzan coronas, fusas y corcheas.
Con emoción recuerdan alumnos y amigos
cuando surgió el Maestro, cuando brotó el rebaño,
que enchido del néctar del Arte Sublime
las vertió en celo y sabiduría,
la savia absorbida de Grandes Maestros.
Callan los bemoles y los sostenidos.
El portón del cielo en forma de lira
lo abre la patrona Santa Cecilia.
Doblan las campanas del campanario,
se escuchan los ecos del “Réquiem” de Mozart,
de Bach el “Clave”, de Chopin suspiros.
Y las teclas negras y las teclas blancas
con sutil destreza,
desgranan las cuentas del Santo Rosario.
LA VÍCTIMA Y EL ASESINO ESCONDIDO
Eran las 2:30 de la tarde de un 12 de abril en el pequeño pueblo de San Mateo. La tarde aparentaba estar tranquila, se escuchaban únicamente los motores de algunos carros que pasaban por la angosta carretera frente a la iglesia; a lo lejos, los ladridos de algunos perros, que parecían estar pidiendo al cielo un poco de agua; el sol era calcinante; las puertas de las pequeñas casas permanecían abiertas, pues el calor era insoportable; de vez en cuando las flores y los arbustos del vecindario se mecían por alguna brisa que aparecía de momento, pero esos instantes eran fugaces.
Todo estaba muy tranquilo, un ambiente típico del tiempo en que se celebra Semana Santa: triste, pesado, inerte.
Pero de repente, ese ambiente de paz y sosiego se fue disolviendo, poco a poco se acercaba el sonido de varias sirenas, como anunciando la presencia de una terrible tragedia. Todas las personas que yacían encerradas en sus casas fueron saliendo, una detrás de la otra, algunos niños dejaban de jugar pelota en el jardín para llamar a sus madres y señalar hacia la calle donde pasaban las ambulancias y patrullas, las cabezas de unas señoras se asomaban por las ventanas, desconcertadas por aquel incidente poco común.
Todas las personas esperaban afuera, ansiosas por saber cuál era el motivo de la visita de tales carruajes.
Dado que el pueblo es pequeño y fácil de recorrer a pie, algunos de los vecinos, los más curiosos, caminaron rumbo al lugar de los hechos, que parecía ser a unas pocas cuadras de la iglesia, únicamente vieron a las patrullas y la ambulancias virar a la izquierda y algunos, como si fueran en expedición se dirigieron al sitio.
Se veía un tumulto de personas frente al supermercado El Amigo, no se sabía a ciencia cierta lo que había ocurrido, pero sí podían escucharse los gritos de una señora, que estaba bastante alterada, se trataba de una mujer de contextura delgada y baja estatura, con cabello canoso cubierto por un pañuelo azul. Habían muchos policías tratando de apaciguar a la muchedumbre, que como siempre, se aglomeraba intentando entrar para averiguar lo sucedido y poder ir a contar los detalles a las demás personas que esperaban afuera.
De pronto, de la nada, se escuchó el grito desesperado de otra mujer, que venía llegando al lugar de los hechos:
- ¡Ay! ¡Mataron a mi hermano!
Era Isabel, la hermana mayor de Julio, la víctima. Isabel, una dama delgada, alta, de cabello castaño oscuro trataba de pasar por entre la gente para corroborar la terrible noticia que había interrumpido sus labores de maestra de música en la escuela del pueblo.
Al escuchar el grito de Isa, como muchos la conocían, en ese momento se escuchó un suspiro colectivo.
Al entrar al lugar de los hechos, la joven abrazó a su madre desesperada, suplicando a los policías que la dejaran acercarse al cuerpo de su hijo; entre dos hombres de uniforme azul, de alta estatura la sujetaban fuertemente.
Julio había sido asesinado a sangre fría. Lo extraño y más desconcertante de esto fue que al revisar la caja registradora que estaba en el mostrador, todo indicaba que no fue manipulada en ningún momento, el dinero estaba ahí, intacto, y no había ningún tipo de desorden en el local, aspecto que es típico cuando se trata de un asalto, por lo visto, éste no era el motivo de la visita del asesino.
Al averiguar la razón de la llegada de las ambulancias al pueblo, algunos de los vecinos se fueron marchando a sus casas, con un sinsabor, ahora el ambiente se tornaba totalmente triste y tenebroso, ya ni los perros querían ladrar.
Conforme las personas se fueron alejando del lugar de los hechos, en vez de compartir la incertidumbre de manera oral, se lanzaban miradas desafiantes, como preguntando por qué es que pasan esas cosas, y quién será capaz de hacer eso a una persona tan íntegra y amable como lo era el joven Julio, quien apenas contaba con veinticuatro años de edad.
Ese era el tema de conversación en San Mateo.
- ¿Cómo es posible que existan personas así en este mundo?- Comentaba una señora, quien llegó unos veinte minutos después del asesinato, para comprar pan, y fue quien se encontró con semejante sorpresa, fue quien descubrió el cuerpo sin vida de Julio; en lugar de pan, lo que consiguió gratis fueron el dolor y la desesperanza.
Doña Elisa, la madre, e Isa no querían caer en la cuenta de lo que había sucedido, pensaban que lo que estaban experimentando era simplemente una pesadilla. Ambas deseaban despertar de ese terrible sueño, querían que al abrir los ojos, estuviera Julio frente a ellas, sonriendo como de costumbre; pero no, no existía ninguna virtualidad, todo era real. Cada vez se iban dando cuenta de la terrible realidad: los policías que llegaban para detener a la gente que quería entrar al supermercado; ver el cuerpo del joven tapado con una sábana donde traspasaba la sangre de su pecho traspasado por el puñal; la espera desesperante para que los funcionarios de la morgue levantaran el cuerpo que yacía tendido en el suelo.
Ahora empezaba un momento duro para la familia de Julio, averiguaciones por parte de la policía; tenía que empezar la investigación para saber las razones del asesino para tan escabrosa actitud.
Días después del incidente, la familia de Julio no paraba de recibir visitas que llegaban a consolar a la madre y trataban de dar palabras de aliento; algunas veces eran personas allegadas que de verdad eran sinceras y querían ayudar; en otras ocasiones eran simplemente curiosos que querían detalles del suceso, sin importar el sufrimiento por el que estaban pasando.
Al funeral asistió todo el pueblo, llegaron muchos amigos de Isabel y doña Elisa, así como familiares de la víctima que residían en las afueras de San Mateo. Fue una hermosa ceremonia. El sermón del padre Jorge fue conmovedor, con palabras de aliento para los seres queridos.
Una semana y media después del asesinato, se encontraba la joven Isabel tocando el piano en la sala de su casa; acostumbraba a hacerlo para tratar de calmar su pensamiento, para que no volvieran las imágenes imborrables del cuerpo de su hermano muerto. Momento después de estarse terapeando con la música de Mozart, alguien tocó la puerta, Isa no podía parar de tocar su instrumento, así que su madre fue quien se dirigió a la entrada para saber quién era esta nueva visita. La joven, que seguía interpretando la hermosa música, escuchaba que el hombre que visitaba se trataba de un agente del ministerio público, ella, inmediatamente dejó de tocar y se dirigió a la sala, donde ambos, la madre y el agente estaban sentados. Era un hombre de contextura gruesa, con una postura seria en su rostro, ojos grandes y penetrantes que costaba mirar fijamente.
- Podría tratarse de una mujer – dijo el agente Fernández.
- -¿Una mujer? ¿ Y qué los hace suponer eso? - Preguntó la madre, que estaba bastante desconcertada, le parecía imposible que una mujer se atreviera a realizar esa atrocidad.
El agente afirmó que un testigo, minutos antes de la tragedia, vio a una dama alta, y vestida de negro entrar al súper mercado.
- Parecía que llevaba prisa – dijo el testigo, que era el jardinero de la iglesia.
Pero, como no le vio importancia en ese momento, don Elías no se fijó cuando la joven salió, lo que convierte a la mujer en simplemente una sospechosa.
- ¿Tenía novia? -
- No, mi hijo no tenía tiempo para esas cosas, estaba dedicando la mitad de su tiempo al negocio y la otra mitad a sus estudios , era un triunfador, inteligente– Contestó la madre conteniendo el llanto.
- Además se llevaba bien con todos, que yo sepa mi hermano no tenía enemigos, él era muy amable y simpático, le caía bien a todo mundo – dijo Isabel entre sollozos, no podía evitar llorar al recordar a su hermano.
Después de varias preguntas y respuestas entre el agente, la madre y la hermana de Julio, la conversación terminó, pero la sensación de oscuridad y duelo seguía predominando en esa casa.
Pasó un mes y la única sospecha del asesinato recaía sobre la mujer que había delatado don Elías. Pero era tan poca la información que se tenía, que nadie sabía de quién se trataba.
La gente del pueblo estaba tratando de olvidar aquel incidente, todo volvía a la normalidad. Lo único que parecía cambiar un poco era el clima, aquellos calores insoportables se calmaban con lluvias alternadas que caían sobre la tierra árida del pequeño pueblo.
Las puertas de las casas poco a poco volvían a permanecer abiertas como de costumbre, parece que aquella visita inesperada sólo llegó esa vez, confiaron en que todo fue un mal momento y que no se volvería a repetir.
De vez en cuando aparecía por los alrededores alguno que otro policía de la guardia rural del pueblo vecino, para prevenir o estar alerta de cualquier anormalidad en el entorno.
Los perros ladraban como de costumbre; los niños de nuevo salían al jardín o a la plaza a jugar pelota con sus amigos.
Isabel regresó a sus labores de maestra en la escuela de San Mateo. Intentaba distraer su pensamiento, pero a veces le era imposible, a su mente llegaban las imágenes de su hermano ensangrentado y del tumulto de personas asomándose en la entrada del súper mercado; a veces reaparecían en su pensamiento los gritos desesperados de su madre. Sus alumnos trataban de apoyarla con cariño; le llevaban flores, tarjetas, cartas con hermosos pensamientos y eso le levantaba un poco el ánimo.
Un martes, como a las 4 de la tarde, Isabel tenía un comportamiento inusual que alarmó a su madre. Estaba encerrada en su cuarto llorando amargamente, gritaba y lanzaba objetos contra la puerta. Su madre le gritaba y le preguntaba qué le ocurría, pero Isa no paraba de llorar y no contestaba. Doña Elisa se fue a la sala y empezó a rezar, temía que su hija cometiera alguna locura, aquel incidente pudo haber generado en ella algún tipo de trauma.
Momentos después de estar con ese comportamiento alarmante, Isa salió de su habitación y realizó parte de su ritual terapéutico, se dirigió al piano y empezó a tocar. Doña Elisa permanecía en un sillón al lado pero no quiso dirigirle la palabra y dejó que su hija sola se calmara; sólo la miraba, contemplando su interpretación que era exquisita. Doña Elisa tenía miedo, nada era como siempre había sido, una nueva vida sin Julio tenía que empezar.
Mientras su hija desahogaba sus penas en el piano, su madre meditaba en silencio: Todo tenía que cambiar y sólo pensaba en cómo podía ella y su hija Isabel enfrentar este dolor. Las mañanas no volverían a ser las mismas, sin el silbido de su hijo, que a menudo tarareaba melodías mientras hacía el desayuno. Las noches serían más largas, doña Elisa ya no tenía un motivo para quedar despierta a altas horas; solía hacerlo, porque siempre se quedaba conversando con su hijo, no podía hacerlo con Isabel, porque ella siempre se va a la cama temprano para poder madrugar al otro día sin problema.
Isabel terminó de tocar, hasta sudaba de la angustia que había dejado botada en las teclas de su instrumento. Ya más tranquila fue hacia su madre y la abrazó fuertemente; doña Elisa estaba sorprendida por la actitud de su hija, quien sólo ha recibido de ella ese tipo de cariño en días especiales. Se quedaron así por un gran rato, inmóviles, apoyándose en silencio.
Al otro día, como a las 8 de la mañana, doña Elisa empezó a escuchar unos sollozos en el cuarto de Isabel, era extraño, puesto que se suponía que la joven debía estar impartiendo clases en la escuela, pero no, era ella, quien de nuevo lloraba, esta vez no se escuchaba tan alterada como el día anterior, pero sí se sentían sus lágrimas de dolor y súplica ante su pena. Su madre le tocaba la puerta pidiéndole a ella que la dejara entrar para conversar.
- No, ma, no entres, no quiero que me veas así
- ¿Así cómo? – preguntó la madre preocupada.
Isabel se quedó callada por unos instantes, como buscando la palabra correcta para responder.
- … así, impotente.
- Ve al piano, no dejes de botar todo ese dolor - Le sugirió su madre, quien estaba preocupada por la depresión de su hija.
- No, ma, hoy no, el piano no merece mis manos en este momento – y ahí terminó esa pequeña conversación entre ambas.
La madre quedó un poco inquieta con la actitud de Isabel, así que decidió quedarse en la casa para acompañarla, además temía que pudiera hacer alguna locura.
Más tarde, doña Elisa yacía en el sillón de la sala leyendo un libro, y de repente escuchó como una especie de golpe que provenía del cuarto de su hija. La madre dejó el libro sobre un brazo del sillón, se acercó lentamente hacia la habitación de Isa y con delicadeza tocó la puerta:
- Isa, ¿Qué ocurre? ¿Qué fue ese ruido? – Pero ella no contestó, no se escuchaba ni siquiera su respiración. Doña Elisa empezó a forcejear la manilla de la puerta para contestar a su duda de lo que podía estar pasando. Se dirigió hacia el patio, para tratar de ver a través de la ventana de ese cuarto, y cuál fue la sorpresa que la ventana estaba abierta; Isabel había huido, quién sabe a dónde, quién sabe por qué.
Doña Elisa no sabía cómo actuar, algo muy extraño estaba pasando, así que no dudó en entrar a la habitación como ladrona buscando alguna respuesta, entró por la ventana, cayó al suelo y empezó a indagar, a buscar alguna evidencia que delatara la razón de la huida de su hija.
- Debe estar desesperada, era su hermano. ¿Irá a buscar al culpable? ¿Irá a tomar la justicia por sus propias manos? – Se preguntaba la madre mientras abría los cajones del armario buscando información. De pronto sin planearlo, saltó a la vista un brillo desde el fondo del cajón de la ropa interior, un espejo, pegado a un pequeño cuaderno plateado, el diario de Isa. Doña Elisa tuvo sus dudas para abrir el pequeño tesoro de su hija, significaba entrometerse en su privacidad, pero no pudo contener su curiosidad y decidida empezó a leer. Historias de amor, de tensión por su trabajo, de resentimiento; hasta que doña Elisa llegó a la página clave: “No sé por qué todos le hablan a mi hermano como si fuera el príncipe de la casa” decía la primera frase de un texto que Isa escribió el mismo día del crimen. “Siempre ha sido el mejor, el más bueno, el más inteligente, el triunfador, ¿y dónde quedo yo?” Mientras leía, la madre no podía contener las lágrimas que poco a poco caían, dejando una pequeña mancha en la cama de Isa. “Todos le hablan como si fuera el rey y a mí me hacen a un lado. Ya no lo soporto. Lo odio. Lo odio. Lo odio. Lo odio.” Y esa última frase se repitió hasta el final de la página. En ese momento doña Elisa dejó caer el libro y quedó inerte, sentada sobre la cama, con la mirada en el aire, sin reacción. Minutos después la madre se levantó y salió por la puerta del cuarto, se dirigió al teléfono, temblando, siempre con una mirada fija, casi sin parpadear, tomó el auricular, marcó e hizo la llamada, su voz se cortaba al tratar de hablar: - ... Sí, oficial... ya sé quién es ....el asesino de mi hijo – Al instante fue al sillón de la sala, y ahí, sin palabras, sin reacciones, se quedó dormida con el único sonido del latido de su corazón.