martes, 1 de febrero de 2011

LA VÍCTIMA Y EL ASESINO ESCONDIDO

Eran las 2:30 de la tarde de un 12 de abril en el pequeño pueblo de San Mateo. La tarde aparentaba estar tranquila, se escuchaban únicamente los motores de algunos carros que pasaban por la angosta carretera frente a la iglesia; a lo lejos, los ladridos de algunos perros, que parecían estar pidiendo al cielo un poco de agua; el sol era calcinante; las puertas de las pequeñas casas permanecían abiertas, pues el calor era insoportable; de vez en cuando las flores y los arbustos del vecindario se mecían por alguna brisa que aparecía de momento, pero esos instantes eran fugaces.

Todo estaba muy tranquilo, un ambiente típico del tiempo en que se celebra Semana Santa: triste, pesado, inerte.

Pero de repente, ese ambiente de paz y sosiego se fue disolviendo, poco a poco se acercaba el sonido de varias sirenas, como anunciando la presencia de una terrible tragedia. Todas las personas que yacían encerradas en sus casas fueron saliendo, una detrás de la otra, algunos niños dejaban de jugar pelota en el jardín para llamar a sus madres y señalar hacia la calle donde pasaban las ambulancias y patrullas, las cabezas de unas señoras se asomaban por las ventanas, desconcertadas por aquel incidente poco común.

Todas las personas esperaban afuera, ansiosas por saber cuál era el motivo de la visita de tales carruajes.

Dado que el pueblo es pequeño y fácil de recorrer a pie, algunos de los vecinos, los más curiosos, caminaron rumbo al lugar de los hechos, que parecía ser a unas pocas cuadras de la iglesia, únicamente vieron a las patrullas y la ambulancias virar a la izquierda y algunos, como si fueran en expedición se dirigieron al sitio.

Se veía un tumulto de personas frente al supermercado El Amigo, no se sabía a ciencia cierta lo que había ocurrido, pero sí podían escucharse los gritos de una señora, que estaba bastante alterada, se trataba de una mujer de contextura delgada y baja estatura, con cabello canoso cubierto por un pañuelo azul. Habían muchos policías tratando de apaciguar a la muchedumbre, que como siempre, se aglomeraba intentando entrar para averiguar lo sucedido y poder ir a contar los detalles a las demás personas que esperaban afuera.

De pronto, de la nada, se escuchó el grito desesperado de otra mujer, que venía llegando al lugar de los hechos:

- ¡Ay! ¡Mataron a mi hermano!

Era Isabel, la hermana mayor de Julio, la víctima. Isabel, una dama delgada, alta, de cabello castaño oscuro trataba de pasar por entre la gente para corroborar la terrible noticia que había interrumpido sus labores de maestra de música en la escuela del pueblo.

Al escuchar el grito de Isa, como muchos la conocían, en ese momento se escuchó un suspiro colectivo.

Al entrar al lugar de los hechos, la joven abrazó a su madre desesperada, suplicando a los policías que la dejaran acercarse al cuerpo de su hijo; entre dos hombres de uniforme azul, de alta estatura la sujetaban fuertemente.

Julio había sido asesinado a sangre fría. Lo extraño y más desconcertante de esto fue que al revisar la caja registradora que estaba en el mostrador, todo indicaba que no fue manipulada en ningún momento, el dinero estaba ahí, intacto, y no había ningún tipo de desorden en el local, aspecto que es típico cuando se trata de un asalto, por lo visto, éste no era el motivo de la visita del asesino.

Al averiguar la razón de la llegada de las ambulancias al pueblo, algunos de los vecinos se fueron marchando a sus casas, con un sinsabor, ahora el ambiente se tornaba totalmente triste y tenebroso, ya ni los perros querían ladrar.

Conforme las personas se fueron alejando del lugar de los hechos, en vez de compartir la incertidumbre de manera oral, se lanzaban miradas desafiantes, como preguntando por qué es que pasan esas cosas, y quién será capaz de hacer eso a una persona tan íntegra y amable como lo era el joven Julio, quien apenas contaba con veinticuatro años de edad.

Ese era el tema de conversación en San Mateo.

- ¿Cómo es posible que existan personas así en este mundo?- Comentaba una señora, quien llegó unos veinte minutos después del asesinato, para comprar pan, y fue quien se encontró con semejante sorpresa, fue quien descubrió el cuerpo sin vida de Julio; en lugar de pan, lo que consiguió gratis fueron el dolor y la desesperanza.

Doña Elisa, la madre, e Isa no querían caer en la cuenta de lo que había sucedido, pensaban que lo que estaban experimentando era simplemente una pesadilla. Ambas deseaban despertar de ese terrible sueño, querían que al abrir los ojos, estuviera Julio frente a ellas, sonriendo como de costumbre; pero no, no existía ninguna virtualidad, todo era real. Cada vez se iban dando cuenta de la terrible realidad: los policías que llegaban para detener a la gente que quería entrar al supermercado; ver el cuerpo del joven tapado con una sábana donde traspasaba la sangre de su pecho traspasado por el puñal; la espera desesperante para que los funcionarios de la morgue levantaran el cuerpo que yacía tendido en el suelo.

Ahora empezaba un momento duro para la familia de Julio, averiguaciones por parte de la policía; tenía que empezar la investigación para saber las razones del asesino para tan escabrosa actitud.

Días después del incidente, la familia de Julio no paraba de recibir visitas que llegaban a consolar a la madre y trataban de dar palabras de aliento; algunas veces eran personas allegadas que de verdad eran sinceras y querían ayudar; en otras ocasiones eran simplemente curiosos que querían detalles del suceso, sin importar el sufrimiento por el que estaban pasando.

Al funeral asistió todo el pueblo, llegaron muchos amigos de Isabel y doña Elisa, así como familiares de la víctima que residían en las afueras de San Mateo. Fue una hermosa ceremonia. El sermón del padre Jorge fue conmovedor, con palabras de aliento para los seres queridos.

Una semana y media después del asesinato, se encontraba la joven Isabel tocando el piano en la sala de su casa; acostumbraba a hacerlo para tratar de calmar su pensamiento, para que no volvieran las imágenes imborrables del cuerpo de su hermano muerto. Momento después de estarse terapeando con la música de Mozart, alguien tocó la puerta, Isa no podía parar de tocar su instrumento, así que su madre fue quien se dirigió a la entrada para saber quién era esta nueva visita. La joven, que seguía interpretando la hermosa música, escuchaba que el hombre que visitaba se trataba de un agente del ministerio público, ella, inmediatamente dejó de tocar y se dirigió a la sala, donde ambos, la madre y el agente estaban sentados. Era un hombre de contextura gruesa, con una postura seria en su rostro, ojos grandes y penetrantes que costaba mirar fijamente.

- Podría tratarse de una mujer – dijo el agente Fernández.

- -¿Una mujer? ¿ Y qué los hace suponer eso? - Preguntó la madre, que estaba bastante desconcertada, le parecía imposible que una mujer se atreviera a realizar esa atrocidad.

El agente afirmó que un testigo, minutos antes de la tragedia, vio a una dama alta, y vestida de negro entrar al súper mercado.

- Parecía que llevaba prisa – dijo el testigo, que era el jardinero de la iglesia.

Pero, como no le vio importancia en ese momento, don Elías no se fijó cuando la joven salió, lo que convierte a la mujer en simplemente una sospechosa.

- ¿Tenía novia? -

- No, mi hijo no tenía tiempo para esas cosas, estaba dedicando la mitad de su tiempo al negocio y la otra mitad a sus estudios , era un triunfador, inteligente– Contestó la madre conteniendo el llanto.

- Además se llevaba bien con todos, que yo sepa mi hermano no tenía enemigos, él era muy amable y simpático, le caía bien a todo mundo – dijo Isabel entre sollozos, no podía evitar llorar al recordar a su hermano.

Después de varias preguntas y respuestas entre el agente, la madre y la hermana de Julio, la conversación terminó, pero la sensación de oscuridad y duelo seguía predominando en esa casa.

Pasó un mes y la única sospecha del asesinato recaía sobre la mujer que había delatado don Elías. Pero era tan poca la información que se tenía, que nadie sabía de quién se trataba.

La gente del pueblo estaba tratando de olvidar aquel incidente, todo volvía a la normalidad. Lo único que parecía cambiar un poco era el clima, aquellos calores insoportables se calmaban con lluvias alternadas que caían sobre la tierra árida del pequeño pueblo.

Las puertas de las casas poco a poco volvían a permanecer abiertas como de costumbre, parece que aquella visita inesperada sólo llegó esa vez, confiaron en que todo fue un mal momento y que no se volvería a repetir.

De vez en cuando aparecía por los alrededores alguno que otro policía de la guardia rural del pueblo vecino, para prevenir o estar alerta de cualquier anormalidad en el entorno.

Los perros ladraban como de costumbre; los niños de nuevo salían al jardín o a la plaza a jugar pelota con sus amigos.

Isabel regresó a sus labores de maestra en la escuela de San Mateo. Intentaba distraer su pensamiento, pero a veces le era imposible, a su mente llegaban las imágenes de su hermano ensangrentado y del tumulto de personas asomándose en la entrada del súper mercado; a veces reaparecían en su pensamiento los gritos desesperados de su madre. Sus alumnos trataban de apoyarla con cariño; le llevaban flores, tarjetas, cartas con hermosos pensamientos y eso le levantaba un poco el ánimo.

Un martes, como a las 4 de la tarde, Isabel tenía un comportamiento inusual que alarmó a su madre. Estaba encerrada en su cuarto llorando amargamente, gritaba y lanzaba objetos contra la puerta. Su madre le gritaba y le preguntaba qué le ocurría, pero Isa no paraba de llorar y no contestaba. Doña Elisa se fue a la sala y empezó a rezar, temía que su hija cometiera alguna locura, aquel incidente pudo haber generado en ella algún tipo de trauma.

Momentos después de estar con ese comportamiento alarmante, Isa salió de su habitación y realizó parte de su ritual terapéutico, se dirigió al piano y empezó a tocar. Doña Elisa permanecía en un sillón al lado pero no quiso dirigirle la palabra y dejó que su hija sola se calmara; sólo la miraba, contemplando su interpretación que era exquisita. Doña Elisa tenía miedo, nada era como siempre había sido, una nueva vida sin Julio tenía que empezar.

Mientras su hija desahogaba sus penas en el piano, su madre meditaba en silencio: Todo tenía que cambiar y sólo pensaba en cómo podía ella y su hija Isabel enfrentar este dolor. Las mañanas no volverían a ser las mismas, sin el silbido de su hijo, que a menudo tarareaba melodías mientras hacía el desayuno. Las noches serían más largas, doña Elisa ya no tenía un motivo para quedar despierta a altas horas; solía hacerlo, porque siempre se quedaba conversando con su hijo, no podía hacerlo con Isabel, porque ella siempre se va a la cama temprano para poder madrugar al otro día sin problema.

Isabel terminó de tocar, hasta sudaba de la angustia que había dejado botada en las teclas de su instrumento. Ya más tranquila fue hacia su madre y la abrazó fuertemente; doña Elisa estaba sorprendida por la actitud de su hija, quien sólo ha recibido de ella ese tipo de cariño en días especiales. Se quedaron así por un gran rato, inmóviles, apoyándose en silencio.

Al otro día, como a las 8 de la mañana, doña Elisa empezó a escuchar unos sollozos en el cuarto de Isabel, era extraño, puesto que se suponía que la joven debía estar impartiendo clases en la escuela, pero no, era ella, quien de nuevo lloraba, esta vez no se escuchaba tan alterada como el día anterior, pero sí se sentían sus lágrimas de dolor y súplica ante su pena. Su madre le tocaba la puerta pidiéndole a ella que la dejara entrar para conversar.

- No, ma, no entres, no quiero que me veas así

- ¿Así cómo? – preguntó la madre preocupada.

Isabel se quedó callada por unos instantes, como buscando la palabra correcta para responder.

- … así, impotente.

- Ve al piano, no dejes de botar todo ese dolor - Le sugirió su madre, quien estaba preocupada por la depresión de su hija.

- No, ma, hoy no, el piano no merece mis manos en este momento – y ahí terminó esa pequeña conversación entre ambas.

La madre quedó un poco inquieta con la actitud de Isabel, así que decidió quedarse en la casa para acompañarla, además temía que pudiera hacer alguna locura.

Más tarde, doña Elisa yacía en el sillón de la sala leyendo un libro, y de repente escuchó como una especie de golpe que provenía del cuarto de su hija. La madre dejó el libro sobre un brazo del sillón, se acercó lentamente hacia la habitación de Isa y con delicadeza tocó la puerta:

- Isa, ¿Qué ocurre? ¿Qué fue ese ruido? – Pero ella no contestó, no se escuchaba ni siquiera su respiración. Doña Elisa empezó a forcejear la manilla de la puerta para contestar a su duda de lo que podía estar pasando. Se dirigió hacia el patio, para tratar de ver a través de la ventana de ese cuarto, y cuál fue la sorpresa que la ventana estaba abierta; Isabel había huido, quién sabe a dónde, quién sabe por qué.

Doña Elisa no sabía cómo actuar, algo muy extraño estaba pasando, así que no dudó en entrar a la habitación como ladrona buscando alguna respuesta, entró por la ventana, cayó al suelo y empezó a indagar, a buscar alguna evidencia que delatara la razón de la huida de su hija.

- Debe estar desesperada, era su hermano. ¿Irá a buscar al culpable? ¿Irá a tomar la justicia por sus propias manos? – Se preguntaba la madre mientras abría los cajones del armario buscando información. De pronto sin planearlo, saltó a la vista un brillo desde el fondo del cajón de la ropa interior, un espejo, pegado a un pequeño cuaderno plateado, el diario de Isa. Doña Elisa tuvo sus dudas para abrir el pequeño tesoro de su hija, significaba entrometerse en su privacidad, pero no pudo contener su curiosidad y decidida empezó a leer. Historias de amor, de tensión por su trabajo, de resentimiento; hasta que doña Elisa llegó a la página clave: “No sé por qué todos le hablan a mi hermano como si fuera el príncipe de la casa” decía la primera frase de un texto que Isa escribió el mismo día del crimen. “Siempre ha sido el mejor, el más bueno, el más inteligente, el triunfador, ¿y dónde quedo yo?” Mientras leía, la madre no podía contener las lágrimas que poco a poco caían, dejando una pequeña mancha en la cama de Isa. “Todos le hablan como si fuera el rey y a mí me hacen a un lado. Ya no lo soporto. Lo odio. Lo odio. Lo odio. Lo odio.” Y esa última frase se repitió hasta el final de la página. En ese momento doña Elisa dejó caer el libro y quedó inerte, sentada sobre la cama, con la mirada en el aire, sin reacción. Minutos después la madre se levantó y salió por la puerta del cuarto, se dirigió al teléfono, temblando, siempre con una mirada fija, casi sin parpadear, tomó el auricular, marcó e hizo la llamada, su voz se cortaba al tratar de hablar: - ... Sí, oficial... ya sé quién es ....el asesino de mi hijo – Al instante fue al sillón de la sala, y ahí, sin palabras, sin reacciones, se quedó dormida con el único sonido del latido de su corazón.

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