martes, 1 de febrero de 2011

UN TRIBUTO A UN GRAN MAESTRO



El 10 de marzo se cumple aniversario de la muerte de un maestro, un gran pianista, tutor de excelentes intérpretes que hoy en día renombran en la escena cultural costarricense, un artista que hoy sus alumnos y amigos recuerdan con mucha admiración y cariño. Como José “Chepe” Gonzáles, conocido pianista y compositor, quien recuerda con simpatía cuando a sus quince años recibió sus primeras clases de piano con don Miguel Ángel, afirma que el maestro daba la impresión de ser un hombre tremendamente severo y sí que lo era, si Chepe no llegaba con la pieza musical estudiada, simplemente don Miguel prefería no perder el tiempo y no impartir la clase hasta que viera en su alumno un avance significativo.

Así era don Miguel Ángel Quesada, un maestro exigente, que para él la disciplina, el orden y la perseverancia eran aspectos claves para poder surgir en la vida. Se encerraba por horas con sus alumnos en un cuarto oscuro que olía a madera con libro, a ese cuarto donde yacía el piano de cola negro entraban sólo los más talentosos y valientes pianistas; este hombre, co-fundador en 1941 de la actual Escuela de Artes Musicales de la Universidad de Costa Rica, no toleraba nada menos que la absoluta perfección.

Don Miguel era un hombre introvertido y le incomodaban las actividades sociales, hubo ocasiones en que recibió premios por su labor y aporte a la cultura nacional, pero era común que alguno de sus hijos retirara el premio, era una persona a la cual no le gustaba llamar la atención, a pesar de ser tan admirado por muchos artistas del medio. En una ocasión fue galardonado con el Premio Áncora y en la Universidad de Costa Rica fue Profesor Emérito.

Fue maestro de pianistas que hoy pertenecen a la cátedra de piano de la Universidad de Costa Rica y la Universidad Nacional. Cabe mencionar que el expresidente José María Figueres, siendo un niño, fue alumno suyo, por esta razón surgió una pequeña amistad entre don Miguel y el matrimonio Figueres Olsen; alguien de la familia en un momento contó que don Pepe Figueres, cuando se postulaba como presidente por segunda vez, ofreció a don Miguel Ángel ser ministro de cultura, pero tal ofrecimiento fue rechazado, era un hombre que amaba su tranquilidad en el hogar, además pensó que su timidez podía ser un obstáculo para su desempeño.

Muchos desconocen que la primera pasión de Miguel Ángel fue la pintura, él siempre decía que se había equivocado de carrera: “Yo debí haber sido pintor”, comentó en algunas ocasiones. Tenía un ángel para ese arte, su pintor favorito era Leonardo Da Vinci y no deja de haber cierta similitud entre ambos artistas; como Da Vinci, don Miguel fue un gran maestro, creativo, ingenioso, perfeccionista, serio, pero con un humor escondido, que sólo los que realmente se acercaron a él lo pudieron conocer.

Otra de las pasiones del maestro era el cine; en aquellos años cuando el cine era mudo, la música que acompañaba a las escenas de la película se tocaba en vivo, pues en el cine de Heredia, su ciudad natal, ese fue el primer trabajo de Miguel Ángel como pianista cuando era a penas un niño, Miguel tocaba el piano y su padre, don Rodolfo Quesada, dirigía y tocaba el violín.

Casi nadie sabe que su primer nombre era Otto, es decir, su nombre completo era: Otto Miguel Ángel, hace algunos años era común que las personas tuvieran más de dos nombres. Seguro sus padres sabían que tendría tres pasiones artísticas: el cine, la pintura y el piano. La primera era un placer, la segunda su pasión original y la tercera una imposición parental que terminó por ser el amor de su vida. Gustaba de Chaplin tanto como de su tocayo Buonarotti y del Maestro Claudio Arrau. Este último le escuchó y le ofreció culminar su formación en Nueva York, pero la Gran Manzana estaba a muchos dólares de distancia. Nada que este maestro no haya podido tomarse con una buena dosis de humor.

Existe una enseñanza que no podemos ignorar. Para este gran hombre el arte no era un accesorio, éste es su legado más importante. Ésta no es una herencia personal o familiar, es una enseñanza a la que debemos aprender a darle su lugar. El arte es indispensable para la sociedad, para los individuos y los colectivos. No debe ser tratado como una ‘extra’ a la que se presta atención si sobró tiempo o energía después de las ocho horas de oficina. Tampoco debe ser pensado como una simple materia extracurricular que puede ser eliminada, que carece de importancia. El arte es vida, la vida es arte. Esto don Miguel Ángel lo sabía bien, por eso dedicó su vida a enseñarlo, a disfrutarlo. Y es válido pensar que posiblemente el panorama del estudio musical en Costa Rica hubiera sido distinto, de no haber sido por él y aquellos colegas suyos que hace casi setenta años decidieron fundar lo que en ese momento llamaron el Conservatorio Nacional de la Música.

Don Miguel fue un hombre de fe, que creía en Dios. Amaba a su esposa, Aura María Chaverri, de ese matrimonio nacieron tres hijos: Lía, Francisco y Gerardo, quienes heredaron su talento y el amor por el arte. Fue un hombre de familia, siempre preocupado y pendiente del bienestar de sus seres queridos.

Podemos imaginarnos la expresión de su cara, hace ya once años cuando nos dejó y comprendió que estaba a punto de reunirse con todos aquéllos a quienes con su vida rindió constante tributo. ¡Qué cara habrá puesto cuando por fin esa reunión sucedió! Conocer a Bach, escuchar a Mozart, contarle a Saint-Säens que fue una obra suya la que le inició como concertista en nuestro Teatro Nacional. Ya los dólares no importan, tampoco un ojo de vidrio con el que tuvo que cargar después de un accidente. Sólo la tertulia, las historias, el arte. Ahí está el maestro, don Miguel Ángel, sentado en una silla con las piernas cruzadas. Ahí va él quizás buscando a Liszt, quizás a Canaletto… o haciendo reír con su humor blanco y muy feliz porque hoy se le rinde un gran tributo.

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